¿Qué ocurre exactamente al momento de morir?
¿Cuándo se separa el alma del cuerpo?
Siento mucha curiosidad por saber qué le sucede al alma justo después de que una persona muere. ¿Permanece cerca del cuerpo o asciende al Cielo? Cuando mis padres fallecieron, insistí en que se les diera un entierro judío adecuado, pero me preguntaba: si el alma ya ha ascendido al Cielo, ¿cuánta diferencia hace realmente cómo es tratado su cuerpo?
El rabino de Aish responde:
Gracias por plantear este interesante tema. La respuesta breve es que, después de que una persona muere, su alma asciende al Cielo para ser juzgada ante el Tribunal Divino. Sin embargo, la tradición judía no detalla con precisión qué ocurre exactamente con el alma en el momento de la muerte ni qué experimenta antes y durante su ascenso al Cielo. Aun así, de las numerosas alusiones de los Sabios sobre el tema surge una imagen bastante clara. (Y no es sorprendente que esta se parezca bastante a los testimonios de muchas personas que han informado haber tenido experiencias cercanas a la muerte).
Inmediatamente después de la muerte de una persona, las fuentes cabalísticas afirman que al alma se le concede un vislumbre de la Presencia Divina de Dios. El alma siente una profunda sensación de serenidad, de estar en paz consigo misma, como si se estuviera preparando para regresar a casa. La literatura judía registra casos de grandes rabinos que, inmediatamente antes de morir, anunciaron las almas que habían venido para acompañarlos al Mundo Venidero (por ejemplo, Talmud, Berajot 28b). Del mismo modo, muchas personas piadosas, judías y no judías, han muerto mencionando los nombres de sus padres u otros familiares cercanos que habían venido a recibirlas. Sin duda, el momento de la muerte es muy aterrador para el alma. La presencia de rostros familiares ayuda enormemente a suavizar la transición y a tranquilizar a la persona.
En ese punto, cabría esperar que el alma ascendiera directamente al Cielo para ser juzgada. Pero, de manera interesante, eso no parece ocurrir de inmediato. Existe una clara suposición en la literatura judía de que el alma del fallecido permanece presente durante bastante tiempo después de la muerte, ciertamente hasta el entierro y muy posiblemente hasta que su cuerpo se descompone por completo. El Talmud afirma que el alma del fallecido es consciente de todo lo que se dice en presencia de su cuerpo, y en el Talmud encontramos un debate sobre si esto es así hasta el entierro o hasta que el cuerpo se desintegra (Shabat 152b). Asimismo, el Talmud afirma (Shabat 152a) que el alma se lamenta por su propio cuerpo durante toda la semana de duelo (shivá), y que durante todo el primer año después de la muerte el alma va y viene, alternando entre el Cielo y sus restos enterrados. Finalmente, al concluir el año de duelo, quienes son dignos encuentran la paz total en el Cielo (Shabat 152b).
Muchas de las leyes relativas al cuidado del cuerpo y a la preparación del funeral se basan en la suposición de que el alma del fallecido está presente y se preocupa profundamente por cómo se trata su cuerpo y por cómo es elogiado. Por ejemplo, no se permite realizar ninguna mitzvá (no relacionada con el entierro) en presencia del cuerpo, porque el fallecido se entristecería al ver a otros cumplir una mitzvá que él ya no puede cumplir. Tampoco se debe hablar de asuntos no relacionados. Además, y huelga decirlo, cualquier clase de negligencia deliberada del cuerpo o daño que se le cause (por ejemplo, mediante una autopsia o la cremación, ambas estrictamente prohibidas por la ley judía), provoca una agonía terrible al alma.
Rav Aryeh Kaplan explica lo que ocurre de la siguiente manera. Después de la muerte, el alma necesita tiempo para orientarse. No está acostumbrada a existir sin un cuerpo, en un estado completamente espiritual. Es consciente de su entorno no a través de la vista física (y sin duda recibe mucha más información de la que recibía durante su vida), y necesita tiempo para adaptarse a ello. Busca anclarse en el mundo y, de manera natural, se siente atraída hacia el objeto que le resulta más familiar de todos: su cuerpo. Por ello, se asume que el alma permanece cerca de su cuerpo durante toda la procesión fúnebre, y los funerales se celebran teniendo esto en cuenta.
Del mismo modo, el alma sufre intensamente al ver cómo su cuerpo se descompone. El Talmud afirma que un gusano en un cadáver es tan doloroso para el fallecido como una aguja que entra en el cuerpo de una persona viva (Berajot 18b). En realidad, esto sirve como una expiación parcial por los pecados del fallecido y se conoce como el castigo de jibut hakéver, literalmente, “el golpe de la tumba”.
Rav Kaplan continúa explicando que, sin duda, el grado en que el fallecido se ve atraído por su cuerpo depende en gran medida de cuán materialista fue la persona durante su vida. Si el cuerpo, sus comodidades y placeres fueron muy significativos para ella, su alma no se separará de su cuerpo hasta que este se descomponga por completo o incluso más allá. En cambio, si la persona fue más espiritual durante su vida, su cuerpo y su destino le importarán mucho menos. El Talmud también afirma que la muerte de los justos es comparable a “sacar un cabello de la leche” (ver Moed Katán 28a y Berajot 8a), mientras que una muerte dolorosa es como arrancar “ramas espinosas de la lana de oveja”.
Rav Israel Reisman (destacado rabino contemporáneo, Brooklyn, Nueva York) hizo una observación relacionada basándose en un pasaje del Talmud (Berajot 18b). El Talmud relata la historia de una joven que murió a temprana edad y cuyo cuerpo fue enterrado envuelto en cierto material que impedía su descomposición. Como resultado, no pudo ascender al Cielo en absoluto. Su cuerpo permanecía intacto y ella no podía desprenderse completamente de él.
Rav Reisman también señaló que la antigua práctica egipcia de la momificación bien pudo deberse a su obsesión con la hechicería (como los magos o jartumim, que eran tan influyentes en la corte del faraón). Al no permitir que los cuerpos se descompusieran, comprendían que más almas de los fallecidos “permanecerían” en el mundo físico, sin poder ascender al Cielo. Y su presencia otorgaría a los magos las capacidades que buscaban para manipular el orden natural.
En cuanto al ascenso al Cielo propiamente dicho, no conozco una descripción gráfica de ello en la literatura judía. De manera muy general, un ángel conduce al alma al Cielo, acompañada por sus familiares.
Versión original: Aish Latino escrito por Rav Dovid Rosenfeld

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